Lo que brilla
dentro
es para siempre
Cocolín

Miguel Flatow

Me caí.

Fue una caída de unos cuarenta y dos metros, escalando sin cuerda en las montañas al sur de la Ciudad de México.

El cuerpo quedó hecho pedazos: seis costillas rotas, un pulmón perforado, una hemorragia cerebral, la clavícula partida en cuatro, el ligamento cruzado anterior desgarrado, necrosis en el glúteo izquierdo, falla renal, esguince de tobillo, cuello, y un brazo roto. Pasé tres días en coma, dos meses en el hospital, y cuatro meses en la cama de mi casa en un pintoresco pueblo llamado Tepoztlán. 

Hubo un tramo en que el dolor ocupó todo el espacio. Mi mente buscó una salida rápida. Lo que me sostuvo fue mi mamá: su gracia, su terquedad amorosa, su cuidado diario, su manera de estar sin negociar con el cansancio.

Esa presencia me mantuvo aquí cuando yo ya estaba lejos.

Después, el mundo volvió a empezar.

Una abeja bebiendo néctar de una flor me hacía llorar. No era sentimentalismo. Era información. Ahí entendí algo que había olvidado: mirar con asombro cambia la realidad que habitas. 

El niño lo sabe por instinto. El adulto lo vuelve teoría.

Este libro nace de esa evidencia. No pretende convencerte. Señala un lente que ya existe en ti, y muestra lo que ocurre cuando vuelve a operar.

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Cocolín
Lo que brilla dentro
es para siempre
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¿Ya lo tienes?

Código incorrecto. Intenta de nuevo.

Ahora mismo, mientras lees esto, una parte de ti ya está en otro lugar.

No completamente — también estás aquí. Pero dividida: entre estas palabras y lo que tienes pendiente, entre este momento y el mundo que estás construyendo en tu cabeza.

Esa tensión es tan antigua que se siente como el estado natural de las cosas.

Pero hay momentos — breves, casi accidentales — en que desaparece, porque tú desapareces en el momento. 

Una conversación que de pronto se vuelve real. El cielo exacto a las seis de la tarde de un martes cualquiera. Las manos que se olvidan del reloj mientras tocan el piano.  

Escribir. 

En esos momentos, reconoces una textura que sientes haber conocido desde antes que tenías memoria.  

Porque lo que brilla dentro, es para siempre.

I
Olvido

El día que noté
 que ya no miraba

Un día me di cuenta de que llevaba mucho tiempo sin detenerme.

Tenía los ojos abiertos, claro. Los usaba todo el día — para leer, conducir, revisar, decidir — funcionaban muy bien. El problema era otro: miraba para saber qué hacer con las cosas, no para verlas.

Un niño puede quedarse diez minutos observando una hormiga. La hormiga justifica esos diez minutos. El tiempo se vuelve compañía, no inversión. 

Yo había cambiado el tiempo por eficiencia. Miraba para catalogar, para resolver, para avanzar. El mundo se había convertido en una serie de cosas que procesar.

Esa tarde, con los ojos cansados frente a una pantalla, me detuve en algo sin querer. La luz entraba por la ventana en un ángulo exacto y hacía visible el polvo suspendido en el aire — esas partículas que existen siempre pero que solo aparecen cuando la luz las encuentra en el momento preciso. Me quedé ahí. Diez segundos. Veinte. Sin razón ni propósito.

Y en esos veinte segundos algo se acomodó.

Comprendí que la distancia que sentía — esa sensación de vivir desde adentro de un vidrio — era la acumulación de años mirando el mundo como algo que procesar en lugar de como experiencia.

Nadie me lo quitó. Lo fui dejando yo, poco a poco, cambiando cada pequeño asombro por una conclusión más rápida. Hasta que un día el polvo en la luz me detuvo, y recordé que había una manera diferente de ver.

La atención se entrena con escenas mínimas. Veinte segundos de luz inclinada en una habitación es suficiente para empezar.

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La mirada que se adelanta

Hay una trampa en saber mucho.

Entras a un cuarto y en los primeros tres segundos ya tienes una opinión formada. Escuchas la primera oración de alguien y ya sabes hacia dónde va. Miras un problema y el patrón aparece de manera automática — lo has visto antes, sabes cómo termina, puedes adelantarte, ya te aburriste. La mente entrenada es eficiente. Es también, de esa misma manera, ciega.

La eficiencia cierra puertas que el asombro mantiene abiertas.

Una persona cruza la misma calle todos los días y su mente ya va adelantada: semáforo, prisa, pendiente, destino. Un niño cruza esa misma calle y se queda con un detalle que el mundo ofrece: una sombra moviéndose en la pared; un olor que trae una escena. El trayecto es idéntico. La experiencia cambia por completo.

Lo que el conocimiento compra en claridad, a veces lo paga en sorpresa: La mente llega antes que el momento, y el momento pasa por debajo.

El tiempo se acelera con información. Y se habita con asombro.

Fui aprendiendo esto en las conversaciones. 

Las más ricas de mi vida fueron con personas que me hicieron preguntas que no esperaba — preguntas que asumían menos de lo que yo asumía, que llegaban a los temas desde ángulos que mi experiencia había descartado como innecesarios. 

Siempre salía de esas conversaciones con algo nuevo. Siempre me había equivocado en algo que creía tener resuelto.

El que ya sabe carga esa certeza como un equipaje. Y a veces el equipaje es lo que impide entrar por ciertas puertas.

Soltar el saber por un momento — decirle al mundo "muéstrame como si no supiera" — es un acto de valentía disfrazado de ingenuidad, una manera de volver a mirar.

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Lo que aprendimos a no preguntar

Los niños preguntan todo.

¿Por qué el cielo es azul? ¿Por qué las personas se mueren? ¿Por qué hay dinero? ¿Por qué los adultos se enojan? ¿Para qué sirve el ombligo después de nacer?

Las preguntas no buscan información. Buscan sentido. El niño que pregunta por qué hay dinero no necesita economía — necesita entender cómo funciona el mundo que lo recibe.

En algún momento de la infancia, muchas de esas preguntas dejan de hacerse. No porque se hayan respondido, sino porque aprendimos que ciertas preguntas incomodan, que algunas no tienen respuesta, y que la pregunta equivocada en el momento erróneo tiene un costo social que decidimos no pagar. 

El resultado es una economía interna de preguntas: solo haces las que esperas que tengan respuesta aceptable; las demás se archivan en la bóveda de los pensamientos inconclusos, afectando tu estado emocional cuando de vez en cuando reaparecen sin razón. 

Me tomó años darme cuenta de las preguntas que había dejado de hacer. ¿Para qué estoy construyendo esto? ¿Qué quiero realmente? ¿Qué me alegra? ¿Qué me enseñaría estar equivocado en esto?

Preguntas simples. Preguntas de niño. Las más difíciles que existen.

Hay algo que se libera cuando vuelves a preguntar lo que dejaste de preguntar. No siempre aparece la respuesta. A veces la pregunta misma ya es suficiente — ya organiza algo, ya abre el cuarto donde guardaste esa parte de ti que dejó de curiosear.

La pregunta que más miedo da hacerte es la que más falta te hace.

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El cuerpo que aprendió
a ser útil

En algún momento el cuerpo se convirtió en un medio de transporte: un vehículo para mover la mente de un lado a otro.

Lo llevo de aquí para allá. Lo alimento para que funcione. Lo descanso para que rinda. Lo ejercito para que aguante más. El cuerpo como herramienta de alta precisión, mantenida con responsabilidad. a veces ni eso.

Los niños tienen otra relación con su cuerpo. 

Ruedan cuesta abajo porque la sensación es buena. Se cuelgan de las barras del parque para sentir el peso. Corren sin ir a ningún lado en particular — porque correr se siente de cierta manera , y esa manera es razón suficiente. 

El cuerpo funciona como fuente de información, no como instrumento de propósito.

Meses después de mi accidente, cuando por fin empecé a salir de la cama, intenté recuperar mi cuerpo por las vías obvias: caminar, estirar, yoga. Todo dolía. La rigidez era una pared. Sentía que cada intento pedía más de lo que yo tenía.

Un amigo me dijo: “Métete al agua.”

La primera vez que nadé después de mi caida fue extraña. Entré como lento, con cautela, como si esperara una orden. Y entonces el agua impuso sus condiciones: temperatura, resistencia, respiración. Me empecé a mover por primera vez después de meses en cama.

El cuerpo respondió.

 A las pocas brazadas pasó algo que todavía recuerdo con precisión: empecé a escucharme por dentro. Un “tac”, un “plac”, pequeños acomodos, como piezas que encuentran su sitio. Articulaciones soltándose milímetro a milímetro. El torso dejando de defenderse. La clavícula, las costillas, el cuello: todo negociando de nuevo la forma. Era un sonido íntimo, casi mecánico, pero con alivio.

Como si el cuerpo tuviera su propio idioma y yo, por primera vez en mucho tiempo, lo estuviera escuchando.

Seguí nadando. Y el movimiento encontró su propia lógica.

Algo cambió en la percepción del tiempo: dejó de pedir resultados y empezó a ofrecer experiencia. Y así nadé más, pero el tiempo se sintió más corto.

Cuando el momento deja de servirle a una meta, se revela como lo único que existe, y el tiempo se vuelve habitable. 

La información que el cuerpo guarda es diferente a la que guarda la mente. La mente procesa en secuencias, en causas y efectos, en narrativas. El cuerpo procesa en estados — en la diferencia entre tensión y apertura, entre peso y ligereza, entre lo que aprieta y lo que respira. Esa información es tan válida como cualquier otra. Y lleva años disponible, esperando que le prestes atención.

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La prisa como costumbre

La prisa tiene una textura particular.

Es el café que terminas caminando porque sentarse se siente como perder tiempo. Es la conversación que escuchas con una parte del cerebro mientras la otra ya está en la próxima tarea. Es el domingo que empiezas a planear el lunes.

Por un período de mi vida, la prisa era parte de mi identidad. Ser ocupado era ser importante. El calendario lleno era evidencia de que existía, de que las cosas dependían de mí, de que mi tiempo valía. Cuánto más lleno el día, más real la sensación de progreso. 

Pero el progreso más decisivo empieza cuando el día deja espacio para ser vivido.

Un niño aburriéndose en una tarde de verano está aprendiendo a estar con sí mismo sin entretenimiento externo. Está descubriendo la textura del tiempo sin agenda. Está, sin saberlo, desarrollando la capacidad de tolerar el espacio — el mismo espacio del que salen todas las ideas que importan.

La prisa no produce ideas nuevas. Solo repite reflejos inconscientes. 

Tardé en entender que la mayoría de las decisiones que me habían costado más se tomaron apuradas. Y la mayoría de las que mejor salieron tuvieron un momento de espacio antes — una pausa que no estaba en el plan, una tarde que se abrió de improviso, un camino más largo al que entré sin razón y en donde me tropecé con la respuesta que estaba buscando. 

La prisa es una costumbre. Y como todas las costumbres, puedes examinarla. Puedes preguntarte de dónde viene, qué protege, qué evita. Y puedes — de a poco, sin dramatismo — dejarle algo de espacio al espacio.

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II
Memoria

Lo que el cuerpo ya sabe

Hoy dejé que mis pies pensaran por mí.

La música llegó primero, como siempre llega lo que importa: sin anunciarse, sin pedir permiso. Luego todo empezó a moverse solito.

Hay una inteligencia en el cuerpo que no pasa por la cabeza. Los niños la usan todo el tiempo y por eso bailan mejor — el cuerpo acepta el ritmo sin negociar. El adulto llega con la mente primero, evalúa si el ritmo es adecuado para el lugar, considera si el movimiento va a lucir bien o mal, decide qué tan lejos puede ir sin quedar expuesto. Todo ese proceso tiene un costo: la mitad de la experiencia se va en la evaluación de la experiencia misma.

El mundo se organiza por intención sostenida, y el cuerpo traduce esa intención en tiempo. 

El ritmo surge como consecuencia: cuando la intención se dispersa, el ritmo se vuelve adorno; cuando la intención es pura, el ritmo se vuelve dirección.

El cuerpo es emocional. Al sentir alegría, el camino también se acomoda. Las bifurcaciones que antes no notabas aparecen. Las puertas que siempre estuvieron ahí se vuelven visibles.

El niño que fui sabía esto. Lo sabía en los pies, no en las palabras. Y cuando los pies lo recuerdan, algo en el pecho también despierta — algo que tiene menos que ver con bailar y más con la manera en que el cuerpo guarda el mapa de tu propio funcionamiento.

Cuando el cuerpo se mueve por gusto, recupera su mando sobre el tiempo. Ahí reaparece un idioma previo a las explicaciones.

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El error como maestro

Los niños aprenden a caminar cayéndose. No a pesar de las caídas. A través de ellas.

 Cada caída informa al sistema nervioso de algo que el éxito no puede enseñar: exactamente dónde está el límite, cuánto aguanta el equilibrio antes de ceder, qué sensación anticipa la caída un segundo antes de que ocurra. 

La caída es el dato más preciso disponible.

El niño se levanta sin relato. El cuerpo registra la caída como dato, ajusta el equilibrio, prueba otra vez. El aprendizaje es limpio porque no está contaminado por la interpretación mental.

Aprendemos a contaminar el error con narrativa. 

El error deja de ser dato y se convierte en evidencia — de algo sobre nosotros, sobre nuestras limitaciones, sobre lo que podemos o no podemos. Esa capa de significado hace el aprendizaje más lento,  doloroso, y costoso de lo que necesita ser.

Un proyecto puede colapsar y, aun así, dejar datos limpios. El error común aparece cuando la mente usa el resultado como identidad, en lugar de usarlo como evidencia. 

El resultado muestra secuencias: qué se rompió primero, qué dependía de qué, qué supuestos estaban comprados antes de ser probados, qué parte del plan pedía realidad y recibió deseo. Mirarlo así cambia su naturaleza: deja de ser sentencia y se vuelve mapa operativo.

El fracaso, sin narrativa, es simplemente un conjunto de datos sobre cómo funciono, qué sobrevalúo, dónde pierdo la perspectiva.

El error deja un mapa. La narrativa deja una herida.

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La tarde que no planeé

El tiempo sin instrucciones inquieta a la mente.

En ese espacio aparece una incomodidad particular. No viene del aburrimiento; viene de la pérdida de control. La identidad entrenada en la utilidad busca algo que justificar: una tarea, un pendiente, un resultado mínimo que vuelva el minuto "válido".

La mente convierte el vacío en urgencia porque la urgencia se siente como dirección.

La urgencia ofrece una sensación de importancia. Por eso el impulso aparece rápido: llenar, ordenar, responder. El minuto "útil" calma; el minuto abierto revela.

Ese tiempo abierto no produce resultados evidentes. Produce reordenamiento. Temas que llevaban semanas endurecidos se aflojan cuando la mente deja de empujar. Tres problemas que pedían más esfuerzo responden mejor a menos interferencia.

Los niños viven con esa lógica sin teorizarla: entran y salen del interés, se quedan donde algo los toma, sueltan cuando el impulso cambia. 

El adulto conserva la capacidad y la cubre con argumento. Recuperarla requiere un tramo de tiempo donde la utilidad pierda el mando, y el interés genuino es observado y respetado. 

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El juego sin propósito

Hay que aprender a jugar de nuevo.

Suena extraño dicho así. Todos sabemos jugar. Pero hay una diferencia entre el juego que los adultos practican — con reglas, con puntaje, con ganador, con algo que demostrar o mejorar — y el juego puro que los niños conocen, el que no sirve para nada y por eso sirve para todo.

Lo noté la primera vez que volví a dibujar sin ninguna intención. Solo lápiz y papel, sin objetivo de resultado, sin nada que tuviera que quedar bien. Los primeros minutos fueron extraños — la mente buscaba criterio, quería saber si iba bien o mal, buscaba comparación. Luego algo se relajó y la mano empezó a moverse sola, curiosa de lo que saldría, sin invertir en que saliera de cierta manera.

Lo que salió era objetivamente malo como dibujo. Y fue una de las mejores horas de trabajo creativo que había tenido en meses.

El juego sin propósito descarta los filtros que normalmente intervienen entre la idea y la ejecución. No hay estándar contra el cual medir, entonces el movimiento es libre. Y esa libertad, en el contexto adecuado, produce cosas que el trabajo dirigido no puede producir.

Los niños saben esto de forma instintiva. El juego no necesita justificación. El proceso es el punto. Lo que sale es bienvenido pero no es el objetivo. El objetivo es el movimiento mismo.

La creación se vuelve fértil cuando el juego va primero y el juicio entra después.

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Lo que se ve
desde el suelo

Hay un ángulo de visión que los adultos casi nunca tienen: el del suelo hacia arriba.

Los niños lo tienen todo el tiempo. Es su perspectiva natural — tendidos en el piso, mirando el techo, observando a los adultos desde abajo. Ven las narices desde abajo, las manos que se estiran para alcanzarlos, la parte inferior de las mesas y las telarañas que se acumulan en sus esquinas inferiores. Su ángulo de entrada al mundo es radicalmente diferente al nuestro.

La adultez suele fijar el ángulo; la infancia lo mantiene móvil.

Una tarde me tiré en el piso de mi sala, de espaldas, sin razón particular. Y el techo de un lugar en el que llevaba años viviendo se me presentó como algo que nunca había visto. La lámpara desde abajo tenía una forma completamente distinta. Las proporciones del cuarto eran otras. La luz que entraba por la ventana superior llegaba a lugares que desde arriba nunca había notado.

Cinco minutos en el suelo, y el espacio más conocido que tenía se volvió ligeramente extraño, ligeramente nuevo.

El ángulo desde el que miras determina lo que puedes ver. Cambiar el ángulo cambia lo que el mundo de permite notar.

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La pregunta de un niño

Una vez, una niña de cinco años me preguntó para qué sirven los sueños. No los sueños como aspiraciones — los sueños mientras duermes. Para qué sirven.

Me quedé con esa pregunta días.

Conocía las teorías — consolidación de memoria, procesamiento emocional, actividad neurológica durante el descanso. Pero la pregunta no pedía eso. Pedía algo diferente: ¿para qué los necesitamos? ¿qué harían los sueños que el descanso solo no puede hacer?

La utilidad suele funcionar como permiso.

Los niños hacen ese tipo de preguntas con frecuencia — preguntas que asumen menos de lo que asumimos los adultos, que llegan al centro de un tema desde un ángulo que la expertise descartó porque ya tenía respuesta. 

El problema es que a veces la respuesta que tenemos no es la respuesta a la pregunta real. Es la respuesta a una pregunta más fácil que aprendimos a sustituir.

¿Para qué sirven los sueños? 

Años después, todavía no tengo respuesta satisfactoria. Pero mi entendimiento de la pregunta cambió el criterio: la utilidad perdió su lugar de juez, y algunas cosas dejaron de necesitar permiso.

Una pregunta sincera y real reorganiza la mente más que cualquier explicación.

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El cansancio que limpia

Hay un tipo de cansancio que aclara.

El cansancio ordinario nubla — hace todo más difícil, achica la perspectiva, convierte los problemas pequeños en grandes y los grandes en paralizantes. Ese cansancio hay que atenderlo con descanso, sin más misterio.

Pero hay otro cansancio, el que viene al final de un día en que pusiste atención — en que estuviste presente en las conversaciones difíciles, tomaste decisiones que costaron, no evitaste nada de lo que había que enfrentar — ese cansancio tiene una cualidad diferente. 

Ese cansancio limpia.

Cuando estás tan cansado que ya no tienes energía para sostener ninguna actuación, lo que queda eres tú. Quedas como piensas, como sientes, como eres. Sin la energía para mantener la distancia conveniente entre tú y lo que realmente piensas.

En ese estado, la claridad es brutal y limpia. Sabes exactamente qué importa y qué no. Sabes cuáles conversaciones evitaste y por qué. Sabes qué decisión has estado postergando. 

El cansancio quema la niebla y lo que queda es contorno puro.

Los niños llegan a ese estado con frecuencia — el cansancio de final del día los vuelve completamente ellos mismos, sin filtro y sin control. Lloran si tienen que llorar. Ríen si tienen gracia. Dicen lo que piensan porque ya no les queda energía para no decirlo.

El cansancio que deja un día bien vivido vuelve imposible la mentira útil.

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III
Permanencia

Lo que nunca
necesitó tu permiso

Mientras dormías anoche, tu corazón latió.

No necesitó que lo recordaras. No esperó tu instrucción ni tu atención. Lo hizo porque lo hace, porque tiene instrucciones de un nivel más profundo que el de la conciencia, porque algo que no es exactamente tú — pero que también eres tú — se encarga de que el sistema siga funcionando mientras el resto descansa.

Lo mismo pasa con la respiración. Con la digestión, el metabolismo celular, el sistema inmune trabajando en silencio, los sueños ordenando la memoria del día — todo eso ocurrió sin que lo pidieras, sin que lo merecieras, sin que lo controlaras.

Hay una dimensión de la existencia que opera a pesar de ti y en favor tuyo simultáneamente. 

Los niños lo viven de manera más visible — el cuerpo crece, aprende habilidades motrices, desarrolla capacidades que el niño no está dirigiendo conscientemente. El crecimiento ocurre solo, como ocurre el latido.

Oné es ese principio — no como concepto místico sino como reconocimiento funcional: hay algo que sostiene lo visible desde lo invisible, que sigue trabajando cuando tú no estás mirando, que no necesita tu atención para cumplir su parte.

La práctica no es controlarlo. Es reconocerlo. 

Dejar que la gratitud por lo que funciona sin tu permiso amplíe un poco la idea que tienes de lo que eres.

Eres más grande de lo que diriges. Eso es una buena noticia.

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La memoria del cuerpo

El cuerpo recuerda lo que la mente olvida.

Años sin andar en bicicleta, y el equilibrio aparece en los primeros pedales como si nunca se hubiera ido. El olor a tierra mojada que te regresa a un lugar específico de la infancia que la mente no podría haber recuperado por su cuenta. La melodía que escuchas de fondo en un restaurante de pronto te ubica en un año, un estado emocional, una versión de ti que creías archivada.

El cuerpo guarda almacena estados de atención.

Recuerda cómo se sentía la alegría genuina de cierta época — no el concepto de alegría sino la textura física de ella, la ligereza en el pecho, la disposición en los hombros. Guarda el estado de concentración profunda que se alcanzaba de niño jugando, cuando el tiempo desaparecía y el mundo se reducía al problema inmediato. Mantiene la calidad del descanso de antes de que el descanso tuviera que ser productivo.

Esos estados no se fueron. Están guardados en el cuerpo como archivos a los que se puede volver, con las condiciones adecuadas.

La música los abre. El movimiento los abre. El contacto físico los abre. Ciertos olores, ciertos espacios, cierto tipo de silencio, ciertas miradas. El cuerpo reconoce el camino de regreso aunque la mente lo haya olvidado. 

Lo que brilla dentro tiene dirección postal. El cuerpo sabe dónde habita, y se acuerda de lo que ha vivido. 

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El niño que sigue siendo

Hay una inteligencia en ti que registra primero y organiza después.

No como metáfora. Como presencia real — la parte de ti que se formó antes de que el mundo te enseñara qué esperar de él, que todavía opera desde la curiosidad en lugar del cálculo, y todavía registra el asombro antes de que la mente decida si merece atención.

Esa inteligencia se fue quedando callada a medida que otras capas se construyeron encima — la capa del adolescente que aprendió a protegerse, la del adulto que aprendió a ser útil, la del profesional que aprendió a ser efectivo. Cada capa necesaria, cada una construida por buenas razones. Y debajo de todas, el mismo que miraba las hormigas, que preguntaba para qué sirven los sueños y corría sin ir a ningún lado porque correr se sentía bien.

Lo reconoces en los momentos en que algo te deleita sin razón aparente. En el placer desproporcionado que sientes por algo pequeño — un cielo específico, una conversación que fluyó, el primer sorbo de algo caliente en una mañana fría. En esos momentos, el adulto que evalúa se disuelve y queda el que recibe.

Ese que recibe sigue siendo tú. La versión original. La versión que siempre estuvo presente, esperando que le abrieras espacio para volver a asomarse. 

Tu parte más antigua reconoce; tu mente administra.

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Lo que resiste el tiempo

La capacidad de asombro no envejece.

El asombro que sientes a los treinta o cuarenta ante algo verdaderamente hermoso o extraño es la misma respuesta que tenías a los siete. Los mecanismos son los mismos. El cuerpo responde igual — la apertura en el pecho, la ralentización momentánea del tiempo subjetivo, la sensación de que algo importante acaba de ocurrir aunque no puedas nombrarlo todavía.

El asombro es la inteligencia en su estado más puro.

Lo mismo con el juego. Con la presencia. Con la capacidad de estar en un momento sin estar simultáneamente en el siguiente. Con la habilidad de hacer preguntas sin saber la respuesta, de moverse sin destino claro, de reír sin calcular qué dice esa risa sobre ti.

Todo eso sigue operativo. Se mantiene en bajo uso porque la vida adulta no crea muchas ocasiones para ejercitarlo — o crea pocas y las llamas vacaciones y se planean con tanta anticipación que llegan ya medio agotadas.

Pero el músculo no desapareció. Solo está en desuso.

Y los músculos en desuso responden cuando los llamas. Despacio al principio, con algo de torpeza, con la incomodidad de lo que no has hecho en tiempo. Y luego, con sorpresa, recuerdas que siempre supiste hacerlo.

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Siempre he estado aquí

¿Te acuerdas haber no existido?

Yo tampoco. Solo me acuerdo que siempre he estado.  

Aquí. 

Tengo nostalgia por lugares que no he conocido y tiempos que no me tocaron. Algunos recuerdos ya no sé si son reales o fueron sueños. 

Crecer consiste en aprender a desconfiar de esa continuidad. A ganarse el bienestar, a ganarse los momentos buenos con suficiente esfuerzo previo. Todo lo bueno como recompensa de algo. Todo lo luminoso como resultado de haber hecho lo correcto.

La maravilla pertenece a otra economía.

En el niño, el asombro aparece como punto de partida. Mira y el mundo responde. La realidad llega primero y la mente se suma después. El niño recibe antes de medir. Reconoce antes de interpretar, sin verificar si le corresponde.

Lo que brilla dentro de ti nace de esa misma zona. Vive antes de tu historia personal. Vive antes de tus argumentos y antes de tu personaje. Quedó ahí como fundamento: una capacidad central que reconoce, juega, pregunta, y continua. 

Con el tiempo las cosas se olvidan. Las capas se acumulan, la vida pide cosas, la atención se va a donde la urgencia la llama. Y hay períodos largos en que lo único que sientes es el peso de lo que tienes que resolver.

El olvido lo oscurece temporalmente, pero siempre está ahí.

La luz dentro permanece. Siempre estuvo. Y cada vez que tu mirada vuelve a ser entera, esa continuidad aparece como hogar.

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IV
Integración

El regreso no es atrás

Hay un malentendido común sobre lo que significa reconectar con el niño interior.

Se imagina como una regresión — volver a ser menos sofisticado, menos capaz, menos formado. Como si el trabajo fuera deshacer lo que eres ahora para recuperar lo que eras antes. Como si la madurez y el asombro fueran incompatibles.

El regreso no funciona así.

No se trata de volver a ser el niño que eras. Se trata de llevar al adulto que eres a ver con los ojos que tenías. Integrar, no regresar. Mantener toda la experiencia, todo el aprendizaje, toda la capacidad construida — y añadirle la apertura que vino antes de todo eso.

El niño interior no reemplaza al adulto. Le añade una capa de visión que el adulto solo no puede darse.

El adulto que recupera la mirada del niño no pierde sofisticación. Gana acceso. Puede elegir cuándo analizar y cuándo simplemente recibir. Cuándo usar el saber que acumuló y cuándo suspenderlo temporalmente para que algo nuevo entre.

Los mejores creadores, los mejores maestros, las personas que más admiro por la calidad de su atención — todos tienen esa doble capacidad. Saben mucho y aun así se sorprenden. Tienen experiencia y aun así preguntan.

La mirada infantil potencia la experiencia adulta.

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Lo que cambia 
cuando recuerdas

El día cambia cuando la utilidad deja de monopolizar tu mirada.

La mañana empieza con el cuerpo antes de empezar con la agenda. Los primeros minutos en que el sueño todavía está presente tienen una calidad particular — un estado liminal donde lo que importa aparece con claridad antes de que el día empiece a pedir cosas. Esperas ahí un momento antes de ir a buscar el teléfono.

En la primera conversación difícil del día, hay un instante en que podrías responder desde el reflejo o desde la presencia. La diferencia es pequeña en tiempo, quizás dos segundos, pero enorme en resultado. Con esta lente, los dos segundos se vuelven visibles.

Algo gracioso ocurre en el camino si lo recibes completamente — sin la capa de "tengo que llegar" que normalmente lo aplana. El placer es desproporcionado. Exactamente como corresponde.

Al mediodía te das cuenta de que llevas horas sin revisar si todo está bien. Entiendes que la revisión constante no lo hacía mejor — solo lo hacía más supervisado.

La tarde tiene un momento en que el trabajo fluye y no empujas. Los problemas se resuelven desde el movimiento en lugar del esfuerzo. Eso tampoco es nuevo — siempre estuvo disponible.

Al final del día, el cansancio es el cansancio limpio de haber estado presente. No el cansancio pesado de haber llevado encima lo que no te correspondía cargar.

El cambio real ocurre por acumulación, no por epifanías.

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Lo que brilla dentro 
es para siempre

Hay períodos de vida en que la urgencia es tan constante y las demandas tan reales que la única opción disponible parece ser sobrevivir, y sobrevivir no tiene mucho espacio para el asombro.

Y aun en esos períodos, el brillo sigue ahí. Antes de tu historia, ya estabas. No como función: como ser.

Esa capacidad de recibir el mundo, de asombrarte, de jugar, de preguntar, de estar enteramente en un momento — eso no tiene fecha de vencimiento. Más bien, cuando regresa, aparece como una interrupción. 

Así se siente. El segundo en que algo en ti deja de empujar y empieza a registrar. 

La cara se afloja. El pecho suelta. La mente pierde velocidad. Y en ese microcambio vuelves a estar aquí, como el niño que siempre has sido. Lo reconoces porque no te exige nada; solo te devuelve.

Esos momentos son la vida en su estado más puro asomando entre las capas de lo que construiste encima.

Te llega con la familiaridad de lo antiguo y te presta una mirada recién nacida... donde todo es hermoso.

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«Lo invisible sostiene lo visible.»

Lo que brilla dentro es para siempre es un libro sobre la distancia que abrimos con el mundo cuando dejamos de mirarlo — y sobre la manera en que el asombro, la presencia y la mirada de un niño pueden devolverte a ti mismo.

Cocolín

Miguel Flatow

Creador de Mundo Cocolín

mundococolin.com